Salma Sin Calma

YA NO QUIERO SER INTELIGENTE

La vida no se trata de tener todas las respuestas.
Y decirlo en voz alta, al menos para mí, ha sido profundamente liberador.

No tengo que saberlo todo.
No tengo que tenerlo todo resuelto.
No tengo que entender cada paso antes de darlo.

Durante mucho tiempo creí que crecer era eso:
tener respuestas rápidas,
opiniones firmes,
una identidad bien armada.

Pero hoy empiezo a creer algo distinto.
Que crecer también es aprender a decir: no sé.
Y no sentir vergüenza por eso.

La Biblia lo dice con una sencillez brutal:

“Si alguno de ustedes se cree sabio según este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio”
(1 Corintios 3,18).

Qué frase tan incómoda… y tan verdadera.

Hoy quiero priorizar mi deseo de aprender
por encima del ego de pensar que ya lo sé todo.

Porque el ego pesa.
El ego exige.
El ego siempre quiere tener la razón.

En cambio, la humildad descansa.
La humildad abre espacio.
La humildad te permite crecer sin romperte.

Por eso quiero empezar a jugar a ser buena,
no a ser inteligente.

Y no hablo de ingenuidad.
Hablo de algo mucho más profundo.

Santa Teresa de Ávila decía:

“La humildad es andar en la verdad”.

Y la verdad es que no lo sé todo.
La verdad es que me equivoco.
La verdad es que sigo aprendiendo.

Ser buena es ser dócil.
Dócil no en el sentido débil,
sino en el sentido espiritual:
corazón abierto, mente despierta.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa así:

“La humildad es el fundamento de la oración” (CIC 2559).

Y yo me atrevo a decir algo más:
la humildad también es el fundamento de una vida sana.

Creo que a los 25 años ocurre —o debería ocurrir— una comprensión decisiva:
entender que no sabemos nada.
Y que eso no es una derrota,
sino una oportunidad.

San Agustín, uno de los hombres más inteligentes de la historia,
termina su vida diciendo:

“Solo sé que nada sé… pero amo”.

Aceptar que no sabes
te quita el peso de demostrar.
Te libera del personaje.
Te devuelve a lo esencial.

Jesús mismo lo deja claro cuando dice:

“Si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos”
(Mateo 18,3).

El niño no presume saber.
El niño pregunta.
El niño confía.

Y ahí aparece una libertad interior profunda,
tranquila,
silenciosa.

Una libertad que te devuelve al propósito inicial.
Ese que no nació del miedo,
ni de la comparación,
ni del deber ser.

En mi caso, con el tiempo, he ido entendiendo algo muy concreto:
mi propósito tiene que ver con ser feliz.

Pero no una felicidad solitaria.
No una felicidad de éxito individual.
Sino una felicidad compartida.

Ser feliz junto con más mujeres.

Caminar juntas.
Aprender juntas.
Sanar juntas.

Edith Stein decía:

“El mundo no necesita lo que la mujer tiene, sino lo que la mujer es”.

Y eso solo se descubre en comunidad.
No en competencia.

Durante mucho tiempo nos enseñaron que entre mujeres había que ser fuertes,
pero no vulnerables.
Exitosas,
pero no cansadas.
Brillantes,
pero no sinceras.

Y yo ya no quiero eso.

Quiero espacios donde podamos decir:
no sé,
no puedo,
me equivoqué,
y sigo aquí.

Porque eso también es dignidad.

Déjame contarte una historia breve.

San Juan XXIII, el Papa que convocó el Concilio Vaticano II,
era considerado “demasiado simple” para gobernar la Iglesia.
Un día, abrumado por la responsabilidad, cuenta que entró a la capilla y dijo:

“Señor, esta es tu Iglesia. Yo me voy a dormir”.

Eso no fue irresponsabilidad.
Fue humildad.
Fue entender que no todo depende de ti.

Y ahí entendí algo:
yo también me cansé de planear la vida como si todo dependiera de mí.

Planear es importante.
El orden es necesario.
Pero el verdadero orden no nace solo del control.

Nace de la confianza.

El Catecismo lo dice así:

“La confianza filial pone al creyente en relación viva con Dios” (CIC 2734).

Confiar es aceptar que no todo se entiende hoy.
Que no todo se responde ahora.
Que no todo se resuelve a mi ritmo.

Hoy no vengo a enseñarte nada.
Vengo a aprender contigo.

A vivir con menos respuestas
y con más presencia.

Tal vez esta versión más tranquila de Salma sin Calma
no tenga gritos,
ni consignas,
ni conclusiones definitivas.

Pero tiene algo más difícil de construir:
verdad.
Raíz.
Profundidad.

Y si algo quiero que te lleves de este episodio es esto:

No tienes que saberlo todo para estar bien.
No tienes que tenerlo todo resuelto para empezar.
No tienes que ser brillante para ser valiosa.

Como dice el Salmo:

“Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros”
(Salmo 131).

Tal vez, solo tal vez,
en aceptar que no sabemos,
en caminar juntas,
en dejar de demostrar…

ahí esté la calma
que tanto estábamos buscando.

4 Comments

  1. Diana carolina garcia dice:

    Eres grande salma Dios te bendiga infinito regalo del cielo🙏😇😍.

  2. Leidy Giraldo dice:

    Salma super
    Me encantó

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