Estamos tan obsesionados con el éxito que, a veces, fracasar ni siquiera parece una opción. Como si ignoráramos que hay algo profundamente maravilloso en el aprendizaje que llega cuando las cosas no salen como esperamos o cuando descubrimos que, en realidad, no somos tan perfectos como creíamos. Y qué descanso cuando uno se da cuenta de eso.
Porque sí: descubrir la propia imperfección puede ser doloroso, pero también puede ser tremendamente liberador. Por eso me animé a crear este reto de 30 días antes de la Cuaresma. Y te voy a confesar la verdad: lo hice porque, en algún momento, me sentía la persona más fuerte del universo. La disciplinada. La que sí podía. La que lo lograba todo.
Pensé algo: tal vez no soy la única que está en esta situación. Tal vez no soy la única que quiere cambiar, que lo intenta, que promete hacerlo mejor… y vuelve a caer. Tal vez no soy la única que, además de fallar, se siente sola en ese intento de ser mejor.
Porque el fracaso pesa más cuando se vive en silencio. Entonces me hice una pregunta muy sencilla, pero muy seria:
¿Qué tengo que hacer para lograr, aunque sea, un propósito diario?
Y la respuesta fue sorprendentemente simple: dejar de sentir que estoy sola en el proceso.
Dejar de pensar que soy la única que falla. Dejar de creer que la santidad es un club exclusivo para gente perfecta.
Porque no lo es. La santidad —si uno se pone a mirar bien— está llena de gente que se cayó mil veces… pero decidió levantarse mil una.
Entonces entendí algo: tal vez, si compartimos lo que nos cuesta, lo que nos duele, lo que intentamos cambiar… podemos crecer juntas. Tal vez, si dejamos de esconder nuestras luchas, descubrimos que Dios puede hacer cosas muy hermosas con ellas. Ahí nació este reto.
Un reto que, siendo honesta, también es una forma de obligarme a no rendirme. De obligarme a seguir. De obligarme a dejar de mirar solo mi miseria… y empezar a contemplar cómo Dios puede glorificarse precisamente en esa miseria.
Porque eso es, en el fondo, la Cuaresma. No es una competencia de quién ayuna más, quién reza más o quién tiene la lista de propósitos más impresionante. La Cuaresma es el momento en que uno le dice a Dios:
“Señor, aquí está todo lo que soy, incluso lo que no me gusta de mí.”
Y Él, con una paciencia infinita, empieza a hacer milagros con eso.
Si estás leyendo esto, te pido algo muy sencillo: reza por nosotras.
Reza para que lo logremos. Pero sobre todo, reza para que no nos rindamos.
Porque más importante que terminar el reto…
es avanzar, aunque sea un poquito, hacia el camino de la pascua del señor.
