¿Quién no ha sentido que sus días son iguales, uno tras otro, como si la vida se hubiera vuelto una repetición silenciosa? Nos levantamos, cumplimos, resolvemos, volvemos a empezar, y en medio de esa rutina empezamos a mirar la vida de los demás como si allá sí estuviera pasando algo extraordinario. Nos comparamos tanto que terminamos ignorando los detalles maravillosos de nuestra propia historia, como si lo cotidiano no tuviera valor. Y entonces aparece esa sensación incómoda, esa mezcla de culpa y vacío, porque sabemos que deberíamos agradecer lo que tenemos, pero aun así algo dentro se siente plano, como si faltara color.
Yo he pensado mucho en ese “diagnóstico” y he entendido que no es que la vida sea aburrida, es que a veces estamos desconectadas de ella. Vivimos tan hacia afuera, tan pendientes del ritmo ajeno, que dejamos de habitar nuestro propio proceso. La comparación nos roba presencia, y sin presencia todo parece igual. No es que los días no cambien, es que dejamos de mirarlos con atención; no es que no estén pasando cosas, es que no siempre hacen ruido. Hay temporadas que son más silenciosas, más internas, más de raíces que de flores, y eso no las hace menos valiosas, solo menos visibles.
He aprendido a convalidar esa sensación sin pelear con ella, a decirme “sí, hoy se siente repetido, pero eso no significa que no esté creciendo algo en mí”. Agradecer lo pequeño, volver a lo simple, reconocer que sostenerse también es un logro, que amar en lo cotidiano también es grandeza. Tal vez no necesitamos otra vida, sino otra mirada; tal vez no necesitamos que todo cambie, sino aprender a ver que nada es tan igual como parece. Tu vida no es plana, está en proceso, y aunque ahora se sienta rutina, estás construyendo algo que un día vas a mirar hacia atrás y entender con una sonrisa más serena.
Con cariño,
Salma.
